Depresión y Ansiedad en Deportistas

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Tiger Woods, Anna Boada, Sabina Asenjo, Michael Phelps. Javi Guerra, Andrés Iniesta, Raafa Nadal, Kevin Love, Jesús Navas, Buffon, DeMar, DeRoza, Álex Abrines, Liz Cambage… son personas, son personas de éxito deportivo reconocido y como humanamente no podía ser de otra manera, han caído en una depresión y/o trastorno de ansiedad porque nadie, por muy grande que sea, es inmune.

La carrera deportiva no es precisamente un camino de rosas, y en estos casos, han declarado públicamente haber recurrido a la ayuda de profesionales. Eso no les hace menos válidos, ni mucho menos. Si en la vida cotidiana ya es difícil mantener la imagen que se espera de nosotros y aparentar estar feliz en el trabajo, en la familia y en la vida social, cuanto más para los deportistas cuya imagen pública es un criterio más para la beca de turno, el sponsor u otras cuestiones de las que depende. ¡Y aún hay quien se echa las manos a la cabeza y no se lo pueden creer! O no lo pueden aceptar. No se lo creen de quienes lo superan y lo explican como los arriba citados, y tampoco se lo pueden creer de casos más extremos como el sonado Robert Enke. 

La imagen del deportista se magnifica como alguien seguro, invulnerable, que todo lo puede, sin límites, que aguanta el dolor y que consigue todo lo que se propone porque está hecho como de otra pastaNada más falso, menos real y que más pueda desidentificar a la persona. Y no es más que el reflejo de lo que la gran mayoría de personas intentan: aguantar con todo y aparentar que todo va bien y poco nos permitimos tambalearnos, y aún menos caer.Al final, queda en el mundo del deporte la desfachatez de cultura que tenemos en la que no aceptamos nuestra mejor parte como humanos, precisamente, la humanidad. Es como si quisiéramos vernos como máquinas por no aceptar la parte del sufrimiento que implica ser humano, con la ilusa idea de que la vida ha de ser sólo placer. Entonces, proyectamos en estas personas, el éxito desea de la maquinización de las personas.

Todo el sufrimiento se ve incrementado cuando se da la soledad y el secretismo por la absurda idea de que acudir a un/a profesional es síntoma de debilidad. Siempre me ha fascinado lo mucho que admiramos el cuerpo de un/a atleta, sea de la disciplina deportiva y como alabamos el esfuerzo de entrenos, disciplinas, dieta, y otros cuidados que ello supone y causa un determinado aspecto físico atractivo y valorado.

En cambio, parece que nos olvidamos o no queremos entender que para sentirse estable, en paz, en bienestar y satisfechos, un reconocimiento y trabajo personal puede ser la clave y no el problema; lo que ocurre es que, entonces, si es que acude a sesiones de psicología, es que algo defectuoso hay, en lugar de verlo como algo preventivo y que consigue una “mens sana in corpore sano”.

¿Qué hace que los deportistas de élite y éxito internacional caigan en tal sufrimiento anímico? 

Si bien, cualquier persona ya tiene sus heridas de la infancia y una serie de dificultades a las que adaptarse a la vida, en el entorno -como digo deshumanizado del deporte de élite- éstas se exacerban

Sin ánimo de generalizar, porque siempre hay casos y casos, quiero exponer solo unos pocos de los factores comunes a añadir a la vida y aventuras de cualquier persona, algunos factores: 
Habitualmente, son niños y niñas que desde pequeños/as destacan y se hacen visibles en esa actividad deportiva. De manera que desde pequeños/as aprenden que su valor depende de su éxito deportivo, porque esa es la faceta de su vida a la que atiende su entorno. Así, su autoestima, muy probablemente dependa de sentirse valorados y vistos por los padres y el resto como deportistas y buenos/as deportistas. Hay un vacío interior que sólo se consigue llenar con la mirada del entorno gracias a su competencia deportiva.

A esto, añadimos ahora las expectativas de éxito que poco a poco se van creando entorno a la vida de esta criatura. Algo que más allá del loable deseo de que el/la niño/a disfrute y llegue lejos, de manera más o menos explícita se crea una especie de “sentimiento de deuda” en el que el esfuerzo colateral de los padres en llevarle a los entrenos y competiciones; pagar cuotas, material y federaciones; y apoyarte, debe dar un resultado satisfactorio que lo compense.

¿Faltan más factores de peso? Vamos a allá, que los hay. Muchos de los idolatrados valores olímpicos de resistencia, sufrimiento, superar los límites, esfuerzo, aguantar el dolor físico, mantener el temple emocional y las formas, mejora continua e infinita… espero que disculpen mi indignación, pero es un maltrato criar a alguien creyendo que ha de ir más a su límite y en mi experiencia he tenido que ver a adolescentes vomitar y desmayarse del sobreesfuerzo en un entreno o competición.

¡Nadie, nadie, nadie se debe a su público, cada cual se debe a sí mismo y nadie ha venido al mundo para cumplir con las expectativas de los demás!

No podemos hacer creer a personas aún no maduras que no hay límites para ellos, y que el esfuerzo siempre da su fruto porque ahí, es donde se empieza a condenar a alguien a trastorno de depresión y/o ansiedad. Simplemente, NO ES REAL, no es tan directo y “justo” que tanto sacrificas y te esfuerzas tanto consigues.De hecho, la curva del aprendizaje, llegado a un punto se convierte en asíntota, esto es que, los humanos tenemos nuestros límites de aprendizaje y mejora, y cada cual los suyos propios

Sigamos, si lo ya comentado sobre endiosar y aliena de su humanidad de manera magnificada a alguien no fuera poco. Añadamos que el deporte, SIEMPRE es competición. Cuando lo saludable es vivir la propia vida y ya es difícil no entrar en las “odiosas comparaciones”, cuando nos dedicamos al deporte, es imposible que no hayan comparaciones, no sin juicio y suposiciones sobre nuestra persona, además de falta de permisividad e indulgencia ante el error y mucha exigencia.
Como deportistas, se nos obliga a superar la dificultad, no sólo de controlar nuestra propia actuación (hasta cierto punto posible), sino que también dependemos de la actuación de los/as rivales (imposible de controlar, otro engaño). De aquí, la que yo llamo la relatividad de la victoria: a veces no es necesario que haga mi mejor actuación deportiva, que si el resto simplemente no lo han hecho mejor, ya me puedo condecorar como campeona; en otras ocasiones, puede que haya hecho la mejor ejecución de la vida, pero si resulta que quien tengo como contrincante lo ha hecho mejor o ha tenido otros factores a su favor, quedaré sin reconocimiento ni consolación, no se validará y difícilmente aprenderé a validarme (más daño a la autoestima y la nutrición del propio alma).

Ahora, llegamos a una edad en que algunos ya se quedan en el camino y la hipoteca que han pagado durante su infancia se queda en nada ya sea en la adolescencia o cuando justo empieza su juventud. ¿¡Cómo no vas a ser carne de cañón de la depresión!? Caes en el olvido, todo su esfuerzo y sacrificio no hace que obtengas lo que te dijeron que si lo dabas todo, conseguirías, llega el desengaño y puede que hasta la decepción de quienes creyeron en ti (se engañaron y te engañaron). Todo se convierte en decepción y para colmo, no has aprendido mucho más que a ser bueno en tal o cual deporte, porque muchas de las otras experiencias que han tenido los niños, niñas y adolescentes de tu generación, no pudiste hacerlo, estabas entrenando, preparando competición o compitiendo.   
En los que se suponen los mejores de los casos, en esos que a pesar de todo esto llegan por lo menos a ser de “los elegidos”, es decir, ganan títulos (algunos hasta los coleccionan) y son conocidos y reconocidos. Estos, son lo que en teoría son afortunados, lo que hicieron de su pasión su profesión. Ahora bien, ¿dónde queda el disfrute de hacer aquello que me hace sentir vivo/a cuando se convierte en una obligación para sentir que existo y que soy? ¡qué presión!.

Eres popular y mediático/a, entonces, la sociedad se permite el lujo de opinar y juzgar, sepan o no de ti. Es más, incluso puede que toda una nación se atribuya tus éxitos y en cambio, a la hora del fracaso, entonces haya rechazo y crítica por la mera frustración de no cumplir con la idealización planteada.Aquí es dónde la responsabilidad y el miedo a fallar (miedo al error) ya pueden legítimamente ser la gota que colme el vaso y superan con creces el placer de practicar el deporte. Ya no hay disfrute ne aquello que tanta ilusión hacía, deja de sentirse porque puede mucho más la exigencia externa y la soledad.

Aún en deportes de equipo, cada cual tiene su rol y sus circunstancias personales, de manera que sentir empatía real por parte de alguien, es imposible y el sentimiento de soledad e impotencia se engrosan. Incluso quienes procuran ayudarte y apoyarte, no pueden sentir y comprender lo que te está ocurriendo. 
Y para acabar, el capítulo de la retirada. Te han enseñado a nunca rendirte y nunca continuar y de repente llega la edad de la retirada o alguna lesión que te obliga a hacerlo. Si cuando tu profesión te apasiona ya cuesta retirarse, cuando es lo único que ha dado sentido a tu vida y por lo único que te han valorado se acaba ¿a qué dedicas ahora tu vida cuando no sabes ni quién eres porque siempre has sido para los demásT

odo tu tiempo, foco, energía y dinero se han invertido en el mundo del deporte y ahora, la vida pierde sentido. Gran crisis sin saber qué hacer cuando aún no se tiene edad para jubilarse, y según como la imagen con la que se han quedado los medios y la sociedad, no se ajusta a lo que eres o a lo que querías proyectar.
En los mejores de los casos, consiguen un puesto en el mundo del deporte, en otros, buena suerte si tu gran CV deportivo te consigue otro puesto de trabajo porque, en algunos deportes muy masivos, puede que hayas podido ahorrar como para vivir lo que te quede de vida, la gran mayoría de deportistas de otros deportes menos reconocidos, no tienen suficiente.

En lo personal, suerte si has tenido tiempo para conocer y cuidar las amistades fuera del deporte y/o una relación de pareja (con o sin familia) con alguien que ha tenido que sufrir mucho tus ausencias y tu dedicación al deporte (Me viene a la cabeza el hijo pequeño de Djokovic cuando gana este último Roland Garros 2019, ese rostro en el que me parecía leer, “te tengo que venir a ver a la cancha porque en casa… poquito, espero que te merezca la pena”). 

No se trata de dejar de prosperar como especie y seguir mejorando en el mundo del deporte como en el resto de ámbitos. Se trata de reconocer que igual que existen los riesgos, las lesiones y los traumas físicos, también existen los riesgos, las lesiones y los traumas psicológicos, de manera que igual que es aceptado y normalizado asistir a la consulta de traumatología y fisioterapia, lo es (o debería ser) asistir a recibir apoyo psicológico. ¿Queremos seguir teniendo ídolos a los que admirar y espectáculo deportivo? ¡Perfecto! El deporte para nada es perjudicial en sí mismo, todo lo contrario.

Simplemente se trata de no olvidar que nuestros/as deportistas son humanos y debemos cuidarlos y tratarlos como tal.

¡HUMANICEMOS EL DEPORTE!

Nuria Yolanda
Psicóloga Deportiva
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